Por AMYLKAR
D. ACOSTA MEDINA - www.amylkaracosta.net
Hay acontecimientos que no sólo hacen historia, sino que la parten en
dos. El atentado terrorista del 11 de septiembre de 2001 fue uno de ellos.
Aquel martes aciago el mundo contempló atónito, en tiempo real, cómo dos
aviones comerciales se estrellaban contra las Torres Gemelas del World Trade
Center en Nueva York y, en el acto, cómo estas se desplomaban convertidas en
una gigantesca montaña de escombros. Otro avión impactó el Pentágono y un
cuarto cayó en Pensilvania.
El saldo fue aterrador: cerca de 3.000 muertos. Pero la verdadera
dimensión del 11-S no puede medirse únicamente por el número de sus víctimas.
Aquel día cambió la percepción que el mundo, empezando por el propio EE.UU,
tenía de su propia seguridad y se alteró el curso de la geopolítica mundial.
Yo escribí sobre ello entonces. Apenas nueve días después, el 20 de
septiembre de 2001, en mi artículo Colombia: país real, país virtual, me
referí al impacto de aquellos atentados que habían reducido a cenizas las
emblemáticas Torres Gemelas y golpeado el Pentágono. Mi preocupación inmediata,
además del horror provocado por semejante acto de barbarie, apuntaba hacia sus
repercusiones económicas. La economía mundial ya mostraba síntomas de
desaceleración y aquel golpe introducía un ingrediente adicional de
incertidumbre, que presagiaba su hundimiento.
Pocos días después volví sobre el tema en Una elegía por la paz.
Esta vez mi preocupación trascendía la coyuntura económica. Me inquietaban las
consecuencias políticas y militares que podría desencadenar la inmediata y
contundente reacción de Estados Unidos. Dos hechos me parecieron entonces
incontrovertibles: la enorme capacidad destructiva que había alcanzado el
terrorismo y la vulnerabilidad del Estado frente a él, incluso tratándose de la
mayor potencia económica y militar del planeta. Veinticinco años después vale
la pena volver sobre aquellas reflexiones y confrontarlas con lo acontecido.
La reacción estadounidense no se hizo esperar. El Presidente George W.
Bush proclamó la denominada “guerra contra el terrorismo”. El enemigo ya no era
necesariamente otro Estado ni un ejército convencional claramente
identificable. Era una organización transnacional, dispersa, clandestina y
capaz de golpear desde las sombras. Ese cambio fue trascendental.
En octubre de 2001 Estados Unidos invadió Afganistán. El propósito
declarado era destruir las bases de Al Qaeda, responsable de los atentados,
capturar a Osama Bin Laden y desalojar del poder al régimen talibán que le
había brindado refugio y protección. Dos años después, en 2003, vino la
invasión de Irak. Se justificó alegando que el régimen de Saddam Hussein poseía
armas de destrucción masiva. Tales arsenales nunca fueron encontrados.
Aquí empezó a desdibujarse la frontera entre la legítima respuesta al
terrorismo y una estrategia desmedida de intervención militar de mucho mayor
alcance. Lo que comenzó como una operación contra los responsables del 11-S
terminó convirtiéndose en una prolongada guerra global. Y fue costosísima, aún
se prolongan en el tiempo y en el espacio sus repercusiones y secuelas.
Investigaciones del proyecto Costs of War de la Universidad Brown
estiman que las guerras posteriores al 11-S comprometieron más de US$8 billones
(trillion en la nomenclatura estadounidense) en gastos y obligaciones de
Estados Unidos. El mismo proyecto estima en al menos 940.000 las muertes
directas ocasionadas por la violencia en los distintos escenarios bélicos y
calcula que, al incorporar las muertes indirectas derivadas de sus consecuencias,
el saldo puede ascender a entre 4,5 y 4,7 millones de personas. Son cifras
estremecedoras.
Afganistán constituye quizá la mayor paradoja de esta historia. Estados
Unidos llegó allí en 2001 para desalojar a los talibanes. Permaneció durante dos
décadas. Miles de vidas y enormes recursos después, las últimas tropas
estadounidenses abandonaron Afganistán el 30 de agosto de 2021. Y los talibanes
retornaron al poder. La historia parecía regresar al punto de partida. Ello no
significa que esos veinte años hayan sido inútiles ni que Al Qaeda conservara
intacta la capacidad que tenía en 2001. Osama Bin Laden fue localizado y dado
de baja en Pakistán en mayo de 2011 y la estructura que organizó los ataques
sufrió golpes devastadores.
Pero Afganistán dejó una enseñanza difícil de soslayar: la superioridad
militar puede conquistar un territorio, derribar un régimen e incluso destruir
un ejército, pero no necesariamente es suficiente para construir un Estado
viable ni garantizar una paz duradera. Ese fue precisamente uno de los
interrogantes que planteábamos cuando todavía humeaban los escombros de las
Torres Gemelas.
Al Qaeda fue debilitada, pero el terrorismo no desapareció. Mutó. De sus
ramificaciones y del caos generado por las guerras posteriores surgieron nuevas
organizaciones. La más brutal y espectacular fue el autodenominado Estado
Islámico —ISIS—, que llegó a controlar extensos territorios de Irak y Siria y
proclamó un pretendido califato. A las organizaciones jerarquizadas se sumaron
células dispersas por doquier y los llamados “lobos solitarios”. Internet y
posteriormente las redes sociales se convirtieron en instrumentos de
propaganda, radicalización y reclutamiento. El terrorismo y sus células
aprendieron a desenvolverse en red. La amenaza dejó de estar concentrada
exclusivamente en un territorio y se hizo ubicua.
Pero el 11-S no sólo transformó las relaciones internacionales. También
modificó profundamente la vida cotidiana.











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