Se
presentó en sociedad el kínder de Dumek 'El Divino' Turbay, que aspira, después
de graduarse con honores en el preescolar de La Aduana, a hacer las tareas al
pie de la letra que les encomienden, de llegar al sillón de mando distrital.
Dicen
que son sus chicos plásticos. Tal vez son usuarios del bótox y otros retoques,
siempre bien peinaditos y perfumados, con gafas oscuras y poses de catálogo.
Hasta
les tocará comprar ropa en la boutique de Ketty Tinoco para que las selfies se
parezcan cada vez más a las de su modelo a seguir: el hombre de Dios cuyos
enemigos suelen recibir castigos por meterse con él.
Además
de las camisas de lino de Ketty, les tocará conseguir correas y zapatos
Ferragamo, aunque sean chimbeados o de segunda mano, porque los originales son
demasiado caros. A menos que hayan ahorrado bastante durante su paso por las
secretarías. Porque ese lujo parece reservado para el Ramsés Dumek I, de la
milenaria dinastía de la chepacorina carmera, quien no repite pinta (outfit
para usar una palabreja de redes) y cuyas camisas de lino pueden costar un ojo
de la cara.
El que
más sigue su línea de vestir y actuar es el exsecretario del Interior, Bruno
Hernández Ramos, padre putativo del estruendosamente fracasado Plan Titán, del
que dicen hoy nadie en el Palacio de la Aduana puede hablar ni siquiera en voz
baja so pena de perder la OPS o el nombramiento.
Bruno es
como el alter ego de El Divino. Y es como si le hubiera salido la Virgen. Hasta
hace poco era un funcionario de cuarta categoría, que ni fu ni fa. Lo máximo y
más notable que había hecho en su vida pública era leer mensajes y pasar lista
en el Concejo (2001-2002), donde fue secretario general. Esa parecía ser su
mayor gloria en el sector público.
Ahora,
por haber obedecido todos los mandatos —"¿Lo puedes hacer o tengo que
hacerlo yo?", cuentan que pregunta El Faraón cuando siente que sus
subordinados no cumplen sus órdenes—, ya no quiere pisar el suelo. Levita. Y
más cuando se pone las gafas negras. Como secretario se especializó en
perseguir y regañar "chirretes", como llamó a los delincuentes de
poca monta quien también sonó como posible competidor suyo: el director de Distriseguridad,
Jaime Herández.
De Dayro
Bustillo Alvarado, exsecretario Privado, se le conoce su sonora ascendencia
metálica. El sonido de chatarras que carga es un pequeño defecto de familia.
Algunos que andan siempre con la malditidad aseguran que hizo una maestría en
el manejo de maletines. Los lleva y los trae con notable destreza. Lo que nadie
termina de saber, según cuentan las malas lenguas, es qué llevaban aquellas
misteriosas maletas.
Y para
cerrar este primer ramillete de chicos plásticos, y como para cumplir con la
cuota de diversidad étnica que exige el libreto, aparece Campo Elías Terán
Humánez, ‘Campito’, exdirector del IDER, que a veces se le pegaban las sábanas
y El Divino lo regañaba por llegar tarde.
Hay
quienes bromean diciendo que en algunas fotos le aplican suficientes filtros
como para aclararle la piel y hacerlo parecer apto para ciertos gustos
electorales de los blanquitos de Bocagrande y Castillogrande, en caso de que
reciba la bendición definitiva de Dumek I.
Lo que
no hay entre los jinetes de Ramsés Dumek I son mujeres. La sucesión del imperio
parece reservada para los meros machos. Eso sí, todos han exhibido disciplina,
obediencia y lealtad hacia su superior inmediato.
Y ya lo
demostraron.
Dos de
ellos, Bruno Hernández y Dayro Bustillo, salieron como canes rabiosos a tratar
de morder a uno de los suyos del pasado: el exsecretario de Planeación, Camilo
Rey Sabogal, quien se atrevió a decir que los avances en reducción de pobreza
tenían más relación con las políticas del gobierno nacional que con los méritos
exclusivos del faraón local.
Para qué
dijo semejante cosa.
El
kínder se sublevó. Empezó a lanzar piedras contra quien hasta hace poco
compartía pupitre en el salón de clases de la administración distrital. Dayro y
Bruno cazaron la pelea. “En el recreo nos vemos”, dijeron.
Y esto
apenas se calienta.
También
hay quiénes se preguntan si estos chicos plásticos son apenas tres globos de
ensayo que terminarán reventándose con el primer alfiler que les pase cerca.
Y, tal
vez, después de que esos globos se desinflen, aparezca el verdadero ungido de
El Faraón de la dinastía de la chepacorina carmera. Por ahora, lo que muestran
es una notable disposición para defender el corral de su patrón con más
entusiasmo que independencia.
Aunque
también andan rondando la Plaza de la Aduana, al tiempo que son asiduos
visitantes al palacio de Barcelona de Indias Javier Julio Bejarano y Javier
Doria, esperando el guiño del Emperador quien ha sido visto tomando café
extrafino con El Yoyo Benedetti.