Por MÓNICA
VÉLEZ BUSTAMANTE
Desde hace siglos se ha
repetido una frase que no ha perdido vigencia: la religión es el opio del
pueblo. No se trata de una acusación contra la fe en sí misma, sino de señalar
cómo la promesa de una vida mejor en el más allá ha servido históricamente para
adormecer la conciencia frente a la explotación terrenal. Cuando se nos enseña
a soportar injusticias esperando una recompensa futura, se nos quita las ganas
de transformar el presente. Se acepta la miseria, la desigualdad y el abuso
como si fueran algo natural, en lugar de rebelarse contra quienes nos oprimen
aquí y ahora.
Pero los tiempos cambian y las
formas de control se transforman. Hoy en día, ese poder capaz de moldear
conciencias y dominar voluntades ya no reside únicamente en los templos. Existe
un poder superior al Estado, a la fe o a cualquier institución: los medios de
comunicación y las redes sociales. Han reemplazado a los antiguos púlpitos por
pantallas, y crean ídolos con la misma facilidad con la que los destruyen.
Hemos cambiado las indulgencias por “me gusta” y los seguidores. Así como hace
siglos la iglesia intercambiaba perdones por dádivas, hoy una buena difusión o
un video bien construido puede redimir una imagen o condenar a una persona al
olvido. No basta con ser bueno o veraz; hace falta tener la aprobación pública,
el favor de la multitud digital, y sin él se deja de existir socialmente.
Y algo no ha cambiado: no
siempre se obtiene esa gracia por méritos propios. A lo largo de la historia
hemos visto reyes, príncipes y emperadores que, por más serviles que se
mostraran, nunca lograron obtener la unción o el reconocimiento que anhelaban.
Hoy ocurre lo mismo: por mucho que se busque la aceptación, el favor de la
opinión pública o del poder de turno no se compra solo con adulaciones.
Sin embargo, lo que más
preocupa en nuestros días es que estamos ante la inminencia de una nueva
tiranía, donde la libertad de expresión parece estar amordazada. Existe un
estilo de lideranza que, como todo narcisista, no tolera que se cuestione su
imagen ni que nadie deje de decir “amén” a cuanto afirma. Con apenas días de
ejercer poder, se ordena el cierre de medios de comunicación y se silencia las
voces disidentes. Es alarmante ver cómo se señala y castiga a quien piensa
diferente, como si la discrepancia fuera un delito. Frases como “¡Que viva
Cristo Rey!” salidas de la boca de un ateo confeso resultan paradójicas y hasta
inquietantes: ¿acaso se pretende devolvernos a las cruzadas o a los tiempos de
la Inquisición? Hoy se considera hereje no a quien reniega de la fe, sino a
quien no grita “¡Viva el Tigre!” con la misma intensidad.
La Constitución de 1993
estableció la laicidad del Estado como uno de sus mayores logros, garantizando
la separación entre la Iglesia y las decisiones gubernamentales. Sin embargo,
asombra la doble moral que impera en este feudo llamado Colombia. Se critica y
ataca sin bases sólidas a quienes afirman algo que la ciencia ya ha constatado;
se censuran los ritos ancestrales de los pueblos originarios, considerándolos
atrasados o equivocados. Pero al mismo tiempo se aplaude que en ceremonias
oficiales de posesión se realicen rituales cristianos como si fueran algo
natural en un Estado laico. ¿Cuál es la diferencia? Ambos son expresiones de
una fe particular, y ninguno debería imponerse desde lo público. Lo más
llamativo de todo es que quienes vitorean consignas religiosas con fervor son
precisamente quienes han confesado no profesar ninguna fe.
La base del cristianismo no
son los gritos ni las consignas: es el perdón y amar al prójimo como a uno
mismo. Y hoy vemos todo lo contrario: se pasea entre dolor y muerte como
trofeo, se amenaza con violencia a quienes piensan distinto, y se fomenta el
odio en nombre de ideologías que se dicen salvadoras. Mientras confundamos la
fe con el fanatismo y el poder con la verdad, seguiremos atrasados. Solo una
sociedad capaz de separar las creencias personales del bien común, y de
respetar la libertad de pensamiento, podrá avanzar verdaderamente.
Lo paradójico es que el nombre
de quien promovió el amor se utilice asi y que en su nombre la humanidad
llegara a lo más ruin de sus actos. Que viva Cristo rey, históricamente es una
consigna utilizada por grupos de extrema derecha en el siglo XX y hoy es una
consigna de quien solo puede generar odio.
Un comentario aparte, no ha
valido de nada la adulación los desplantes se hacen evidentes.













































