Para Heriberta Esther Castro,
habitante de la comunidad del barrio San Isidro Parte Baja, en Cartagena, el
sonido de un avión ya no es solo ruido de fondo, es el eco de una victoria
familiar. Sus sobrinos, criados en las entrañas de un territorio donde las
oportunidades suelen ser esquivas, lograron lo impensable: cruzar el Atlántico
para pisar el césped sagrado del estadio Santiago Bernabéu en Madrid, España.
No fue un golpe de suerte, sino el resultado de un proceso meticuloso de
disciplina deportiva y formación humana.
“Para nosotros
como familia fue algo muy hermoso ganarnos ese premio. Viajaron por toda una
semana con todos los gastos pagos, en avión ida y regreso”, relata Heriberta con la voz quebrada por el
orgullo.
Su historia no es un caso
aislado. Es la punta del iceberg de una intervención social silenciosa pero
contundente que lleva realizándose desde hace 20 años en su barrio de la mano
de la Fundación Puerto de Cartagena, operadora de las actividades de
responsabilidad social empresarial del Grupo Puerto de Cartagena.
La historia de los sobrinos de
Heriberta es el rostro visible de una organización que ha decidido trascender
la lógica empresarial para convertirse en un vecino activo.
Lo que comenzó en 2005 como
una iniciativa de responsabilidad corporativa, hoy se ha transformado en un
motor de desarrollo que abarca siete comunidades: San Isidro Parte Baja,
Albornoz, Zapatero, Ceballos, Santa Clara, Nuevo Oriente y Colonias
Más allá del asistencialismo:
un cambio de paradigma
La transformación no ocurrió
de la noche a la mañana. Sarith Pérez Balzán, Trabajadora Social y gestora de
la Fundación, explica que el éxito del modelo radica en enfocarse en la
autogestión. “No es solo dar, es gestionar y solucionar conflictos al interior
de los sistemas familiares”, señala Pérez.
Entre 2012 y 2024, la Fundación
ha impactado a 159.873 personas.
Sin embargo, para las gestoras sociales que caminan el territorio el número más
importante es el de las vidas que le han quitado a la violencia.
En un contexto donde el
pandillismo y el ocio improductivo acechan en cada esquina, programas como Juventud
Líder y la Escuela de Fútbol Transformador funcionan como un
blindaje social.
“La Fundación ha rescatado a
esos jóvenes de todos estos factores de riesgo”, afirma Heriberta, quien ha
sido testigo de cómo la esquina del barrio dejó de ser el único destino
posible.
“Uno de los problemas
principales era el pandillismo. La Fundación los ha integrado en los diferentes
programas para que tengan la mente más ocupada”, agrega la líder comunitaria,
destacando que el cambio de mentalidad es palpable en las nuevas generaciones.
Educación y tejido social como
antídoto
La estrategia es integral. No
basta con entregar un balón de fútbol, se necesita fortalecer el núcleo donde
crecen estos niños. Por ello, la Fundación implementa programas de formación
para padres y habilidades de crianza positiva.
La premisa es clara: familias
fuertes construyen comunidades resilientes. Sarid Sarith Pérez destaca
que hoy fomentan “la educación no formal, promoviendo las competencias
socioemocionales”, herramientas vitales para que un joven de Albornoz o
Ceballos pueda competir en igualdad de condiciones en el mercado laboral o
académico.
El impacto educativo es,
quizás, el legado más duradero. Heriberta relata con entusiasmo cómo el
acompañamiento no se limita al deporte. “Hay jóvenes que estudian en la
Institución Universitaria Mayor de Cartagena y la Fundación les apoya con ese
subsidio para que ellos puedan ir a su universidad y tengan la mente despejada
y no crean que no van a poder ir porque no tienen ese recurso. Ya lo tienen”,
asegura.
Este acceso a la educación
superior está reconfigurando el tejido social de la zona. Barrios que históricamente
fueron estigmatizados por la inseguridad, hoy ven a sus hijos convertirse en
profesionales. Es un proceso de “construir tejidos sociales”, como lo define la
gestora Pérez Balzán, quien enfatiza que la meta final es dejar “capacidades
instaladas” en la gente, para que sean ellos mismos los gestores de su
transformación.
Vecinos, no solo empresas
La Fundación ha logrado
establecerse como un puente de diálogo y acción.
“Más que verlos
como nuestros vecinos, son nuestros aliados. En la medida que el puerto va
creciendo, nosotros también queremos que las comunidades crezcan”, explica Sarith Pérez. Esta visión de valor
compartido es crucial en un país como Colombia, donde la brecha entre el
sector privado y la sociedad civil suele ser amplia. En Cartagena, el puerto ha
entendido que su sostenibilidad operativa depende intrínsecamente del bienestar
de su entorno.
Heriberta reconoce los
problemas de infraestructura y ambientales que persisten, mencionando
situaciones con el parque local y la contaminación, pero valora que no están
solos en la búsqueda de soluciones. “La Junta de Acción Comunal va a
reconstruir nuevamente el parque”, comenta esperanzada, demostrando que el
espíritu de liderazgo comunitario se ha reactivado.
Al final del día, cuando cae
la tarde sobre la bahía de Cartagena, lo que queda son las historias de
superación. Queda la imagen de unos gemelos de San Isidro Bajo entrenando con
la disciplina de un atleta de élite, y la certeza de una tía que sabe que,
gracias a un apoyo oportuno y una gestión humana, el futuro de su familia ya no
tiene fronteras.

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