Por HUGO BUSTILLO OSORIO – Arquitecto y Catedrático
Cartagena necesita proteger su costa sin olvidar
que también está protegiendo un paisaje
Cartagena tiene una relación de amor y desafío con el mar.
El mar nos hizo ciudad, nos dio nuestras playas, nuestro paisaje y buena parte
de nuestra economía. Pero también nos plantea uno de los mayores desafíos
físicos que tenemos hacia el futuro: la erosión y la vulnerabilidad de nuestra
línea costera.
Por eso resulta preocupante que una discusión tan importante como la protección
costera de Cartagena termine reducida, en ocasiones, a opiniones, fotografías o
publicaciones que no siempre vienen acompañadas de estudios técnicos.
Una cosa es cuestionar una obra pública —algo absolutamente legítimo— y otra
muy diferente es desconocer los estudios científicos que dieron origen a ella.
LA UNIVERSIDAD DE CARTAGENA NO LLEGÓ AYER A ESTE PROBLEMA
La Universidad de Cartagena, a través de su Instituto de Hidráulica y Saneamiento
Ambiental, lleva años estudiando la dinámica de nuestras costas.
No estamos hablando, por tanto, de una solución improvisada.
Se han realizado estudios hidráulicos, levantamientos batimétricos, análisis de
sedimentos y evaluaciones de las condiciones de la costa, dentro de un proceso
que ha contado además con participación de especialistas nacionales e
internacionales.
El proyecto contempla diferentes soluciones según las características de cada
sector: espolones, escolleras, rompeolas, protección marginal y recuperación de
playas mediante rellenos.
La discusión, por tanto, debe hacerse desde la ingeniería y la evidencia.
PERO HAY OTRO TEMA: EL PAISAJE, y aquí aparece una preocupación legítima
que no debemos ignorar.
Cartagena no solamente tiene una costa que proteger.
Cartagena tiene un paisaje que proteger.
Nuestra relación visual con el mar es parte fundamental de la identidad de la
ciudad.
Quien camina por nuestra línea costera no solamente está disfrutando de una
playa. Está contemplando el horizonte, el mar abierto, las islas, las
embarcaciones, los atardeceres y toda esa escenografía natural que convirtió a
Cartagena en uno de los paisajes urbanos más reconocibles del Caribe.
Y aquí aparece una contradicción difícil de resolver:
Las estructuras de protección necesitan determinadas dimensiones y alturas para
cumplir su función, pero esas mismas dimensiones pueden afectar la relación
visual entre la ciudad y el mar. Es una realidad que debemos reconocer.
EL MALECÓN NO PUEDE DISEÑARSE SOLAMENTE PENSANDO EN LA VISTA
Un malecón puede ser arquitectónicamente atractivo. Puede tener espacios
peatonales, zonas verdes, mobiliario urbano y lugares para contemplar el mar; Pero
si forma parte de un sistema de protección costera, existe una condición que no
puede ignorarse:
debe cumplir una función de ingeniería.
Su altura, sección, cota y configuración no pueden definirse únicamente
pensando en que desde la calle se vea perfectamente el horizonte.
Tiene que responder a variables como el oleaje, el nivel del mar, el sobrepaso
de las olas, la acción de los temporales y las condiciones de seguridad de la
infraestructura.
Por eso, cuando alguien dice:
"Bajemos el muro para que se vea el mar"
la respuesta técnica no puede ser simplemente:
"De acuerdo".
Primero habría que preguntar:
¿qué sucede hidráulicamente si se reduce su altura?
Si la respuesta de los estudios indica que esa altura es necesaria para cumplir
la función de protección, reducirla simplemente para mejorar la visual podría
trasladar el problema del paisaje a la seguridad.
AQUÍ ESTÁ EL VERDADERO DESAFÍO DE CARTAGENA
El desafío no consiste en escoger entre paisaje y protección.
El desafío consiste en intentar conseguir la mayor integración posible entre
ambos.
Si la altura estructural no puede reducirse, entonces la arquitectura tiene que
buscar otras soluciones.
Vegetación.
Diseño del mobiliario.
Tratamiento de los recorridos.
Plataformas de contemplación.
Miradores.
Áreas deprimidas o estratégicamente ubicadas cuando técnicamente sean viables.
Transparencias y aperturas visuales donde las condiciones estructurales lo
permitan.
Cambios de textura y material.
Diseño paisajístico.
Y, sobre todo, recuperar la relación visual con el mar en aquellos puntos donde
sea técnicamente posible.
La ingeniería establece los límites.
La arquitectura y el urbanismo deben trabajar dentro de esos límites para
conseguir la mejor experiencia urbana posible.
NO PODEMOS PEDIRLE AL MALECÓN QUE DEJE DE SER UNA OBRA DE PROTECCIÓN
Hay una tentación muy comprensible:
querer que el nuevo borde costero parezca exactamente el borde costero que
teníamos antes.
Pero si precisamente estamos construyendo una infraestructura porque las
condiciones naturales han cambiado y existe un riesgo que debemos controlar, es
lógico que la ciudad experimente una transformación.
El objetivo debe ser que esa transformación sea la más respetuosa posible con
el paisaje y con la identidad de Cartagena.
No podemos pedirle a una estructura de protección que deje de cumplir su
función para recuperar una visual. Pero tampoco deberíamos aceptar que la
ingeniería sea utilizada como argumento para abandonar la calidad
arquitectónica y paisajística. Ambas cosas deben conversar.
PROTEGER TAMBIÉN ES CUIDAR LA ESCENOGRAFÍA DE CARTAGENA
La verdadera protección costera no debería limitarse a proteger edificios,
avenidas y playas. También debe proteger la relación histórica y cultural de
Cartagena con el mar. El paisaje es patrimonio. La visual hacia el horizonte
también tiene valor.
La experiencia de caminar frente al Caribe forma parte de la identidad de la
ciudad. Por eso, aunque determinada altura pueda estar técnicamente
justificada, debemos exigir que el diseño urbano y paisajístico haga todo lo
posible para disminuir el impacto visual.
No siempre podremos tener la solución perfecta.
Pero sí podemos buscar la solución más equilibrada.
LA PREGUNTA NO ES "¿POR QUÉ ES TAN ALTO?"
La pregunta correcta debería ser:
"¿Qué altura necesita técnicamente y qué podemos hacer
arquitectónicamente para que esa altura afecte lo menos posible la relación
visual de Cartagena con el mar?"
Ese cambio de pregunta es fundamental.
Porque si los estudios demuestran que una determinada cota es necesaria para
proteger la ciudad, reducirla arbitrariamente sería una irresponsabilidad.
Pero si la cota es necesaria, también es responsabilidad de arquitectos,
urbanistas, paisajistas e ingenieros buscar soluciones para que el ciudadano no
sienta que perdió el mar detrás de un muro.
CARTAGENA TIENE QUE ENCONTRAR EL EQUILIBRIO
La ciudad está frente a una oportunidad histórica.
Podemos construir una protección costera técnicamente sólida y, al mismo
tiempo, procurar que el nuevo borde marítimo sea un espacio urbano atractivo,
accesible y respetuoso con el paisaje. No tenemos que enfrentar ingeniería
contra arquitectura. Ni protección contra paisaje. Necesitamos que trabajen
juntas.
Porque Cartagena no puede darse el lujo de quedar desprotegida.
Pero tampoco debería resignarse a perder innecesariamente sus visuales hacia el
Caribe. La altura que exige la ingeniería debe respetarse cuando los estudios
la justifiquen. Y dentro de esa condición, la arquitectura debe hacer su
trabajo: devolverle a la ciudad la mayor cantidad posible de mar, horizonte y
paisaje.
Contra el mar no se puede improvisar.
Pero frente al paisaje tampoco podemos resignarnos.
La solución debe ser técnicamente segura, ambientalmente responsable y
arquitectónicamente digna de Cartagena.










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