miércoles, 30 de septiembre de 2026

Opinión - CONTRA EL MAR NO SE PUEDE IMPROVISAR


Por HUGO BUSTILLO OSORIO – Arquitecto y Catedrático


Cartagena necesita proteger su costa sin olvidar que también está protegiendo un paisaje



Cartagena tiene una relación de amor y desafío con el mar.
El mar nos hizo ciudad, nos dio nuestras playas, nuestro paisaje y buena parte de nuestra economía. Pero también nos plantea uno de los mayores desafíos físicos que tenemos hacia el futuro: la erosión y la vulnerabilidad de nuestra línea costera.


Por eso resulta preocupante que una discusión tan importante como la protección costera de Cartagena termine reducida, en ocasiones, a opiniones, fotografías o publicaciones que no siempre vienen acompañadas de estudios técnicos.


Una cosa es cuestionar una obra pública —algo absolutamente legítimo— y otra muy diferente es desconocer los estudios científicos que dieron origen a ella.


LA UNIVERSIDAD DE CARTAGENA NO LLEGÓ AYER A ESTE PROBLEMA
La Universidad de Cartagena, a través de su Instituto de Hidráulica y Saneamiento Ambiental, lleva años estudiando la dinámica de nuestras costas.


No estamos hablando, por tanto, de una solución improvisada.
Se han realizado estudios hidráulicos, levantamientos batimétricos, análisis de sedimentos y evaluaciones de las condiciones de la costa, dentro de un proceso que ha contado además con participación de especialistas nacionales e internacionales.


El proyecto contempla diferentes soluciones según las características de cada sector: espolones, escolleras, rompeolas, protección marginal y recuperación de playas mediante rellenos.


La discusión, por tanto, debe hacerse desde la ingeniería y la evidencia.
PERO HAY OTRO TEMA: EL PAISAJE, y aquí aparece una preocupación legítima que no debemos ignorar.
Cartagena no solamente tiene una costa que proteger.
Cartagena tiene un paisaje que proteger.
Nuestra relación visual con el mar es parte fundamental de la identidad de la ciudad.


Quien camina por nuestra línea costera no solamente está disfrutando de una playa. Está contemplando el horizonte, el mar abierto, las islas, las embarcaciones, los atardeceres y toda esa escenografía natural que convirtió a Cartagena en uno de los paisajes urbanos más reconocibles del Caribe.
Y aquí aparece una contradicción difícil de resolver:


Las estructuras de protección necesitan determinadas dimensiones y alturas para cumplir su función, pero esas mismas dimensiones pueden afectar la relación visual entre la ciudad y el mar. Es una realidad que debemos reconocer.


EL MALECÓN NO PUEDE DISEÑARSE SOLAMENTE PENSANDO EN LA VISTA


Un malecón puede ser arquitectónicamente atractivo. Puede tener espacios peatonales, zonas verdes, mobiliario urbano y lugares para contemplar el mar; Pero si forma parte de un sistema de protección costera, existe una condición que no puede ignorarse:
debe cumplir una función de ingeniería.
Su altura, sección, cota y configuración no pueden definirse únicamente pensando en que desde la calle se vea perfectamente el horizonte.
Tiene que responder a variables como el oleaje, el nivel del mar, el sobrepaso de las olas, la acción de los temporales y las condiciones de seguridad de la infraestructura.


Por eso, cuando alguien dice:
"Bajemos el muro para que se vea el mar"
la respuesta técnica no puede ser simplemente:
"De acuerdo".
Primero habría que preguntar:
¿qué sucede hidráulicamente si se reduce su altura?
Si la respuesta de los estudios indica que esa altura es necesaria para cumplir la función de protección, reducirla simplemente para mejorar la visual podría trasladar el problema del paisaje a la seguridad.


AQUÍ ESTÁ EL VERDADERO DESAFÍO DE CARTAGENA

El desafío no consiste en escoger entre paisaje y protección.
El desafío consiste en intentar conseguir la mayor integración posible entre ambos.
Si la altura estructural no puede reducirse, entonces la arquitectura tiene que buscar otras soluciones.
Vegetación.
Diseño del mobiliario.
Tratamiento de los recorridos.
Plataformas de contemplación.
Miradores.
Áreas deprimidas o estratégicamente ubicadas cuando técnicamente sean viables.
Transparencias y aperturas visuales donde las condiciones estructurales lo permitan.
Cambios de textura y material.
Diseño paisajístico.
Y, sobre todo, recuperar la relación visual con el mar en aquellos puntos donde sea técnicamente posible.
La ingeniería establece los límites.
La arquitectura y el urbanismo deben trabajar dentro de esos límites para conseguir la mejor experiencia urbana posible.
NO PODEMOS PEDIRLE AL MALECÓN QUE DEJE DE SER UNA OBRA DE PROTECCIÓN
Hay una tentación muy comprensible:
querer que el nuevo borde costero parezca exactamente el borde costero que teníamos antes.


Pero si precisamente estamos construyendo una infraestructura porque las condiciones naturales han cambiado y existe un riesgo que debemos controlar, es lógico que la ciudad experimente una transformación.
El objetivo debe ser que esa transformación sea la más respetuosa posible con el paisaje y con la identidad de Cartagena.


No podemos pedirle a una estructura de protección que deje de cumplir su función para recuperar una visual. Pero tampoco deberíamos aceptar que la ingeniería sea utilizada como argumento para abandonar la calidad arquitectónica y paisajística. Ambas cosas deben conversar.


PROTEGER TAMBIÉN ES CUIDAR LA ESCENOGRAFÍA DE CARTAGENA
La verdadera protección costera no debería limitarse a proteger edificios, avenidas y playas. También debe proteger la relación histórica y cultural de Cartagena con el mar. El paisaje es patrimonio. La visual hacia el horizonte también tiene valor.


La experiencia de caminar frente al Caribe forma parte de la identidad de la ciudad. Por eso, aunque determinada altura pueda estar técnicamente justificada, debemos exigir que el diseño urbano y paisajístico haga todo lo posible para disminuir el impacto visual.
No siempre podremos tener la solución perfecta.
Pero sí podemos buscar la solución más equilibrada.
LA PREGUNTA NO ES "¿POR QUÉ ES TAN ALTO?"
La pregunta correcta debería ser:
"¿Qué altura necesita técnicamente y qué podemos hacer arquitectónicamente para que esa altura afecte lo menos posible la relación visual de Cartagena con el mar?"


Ese cambio de pregunta es fundamental.
Porque si los estudios demuestran que una determinada cota es necesaria para proteger la ciudad, reducirla arbitrariamente sería una irresponsabilidad.


Pero si la cota es necesaria, también es responsabilidad de arquitectos, urbanistas, paisajistas e ingenieros buscar soluciones para que el ciudadano no sienta que perdió el mar detrás de un muro.


CARTAGENA TIENE QUE ENCONTRAR EL EQUILIBRIO
La ciudad está frente a una oportunidad histórica.
Podemos construir una protección costera técnicamente sólida y, al mismo tiempo, procurar que el nuevo borde marítimo sea un espacio urbano atractivo, accesible y respetuoso con el paisaje. No tenemos que enfrentar ingeniería contra arquitectura. Ni protección contra paisaje. Necesitamos que trabajen juntas.


Porque Cartagena no puede darse el lujo de quedar desprotegida.
Pero tampoco debería resignarse a perder innecesariamente sus visuales hacia el Caribe. La altura que exige la ingeniería debe respetarse cuando los estudios la justifiquen. Y dentro de esa condición, la arquitectura debe hacer su trabajo: devolverle a la ciudad la mayor cantidad posible de mar, horizonte y paisaje.
Contra el mar no se puede improvisar.
Pero frente al paisaje tampoco podemos resignarnos.
La solución debe ser técnicamente segura, ambientalmente responsable y arquitectónicamente digna de Cartagena.

 
















 

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