Por RAÚL BUSTAMANTE DE LA VEGA
Existe una preocupación creciente entre los ciudadanos,
marcada por la desesperanza y la incertidumbre frente al comportamiento del
expresidente Álvaro Uribe Vélez en relación con el presidente Abelardo De La
Espriella Juris. Desde el inicio de la campaña, esa tensión ha estado presente
y se ha intensificado con la elección del nuevo presidente del Senado, el
doctor Honorio Enríquez, así como con las manifestaciones de inconformidad de
algunos miembros del Centro Democrático, quienes han cuestionado al presidente
electo.
El mito, como construcción central de la historia humana,
ofrece un espejo de la política. En la mitología griega, Cronos devoraba a sus
propios hijos por temor a ser destronado. En nuestra historia, ese papel parece
encarnar Uribe. Cada vez que surgía un candidato con posibilidades de liderar
autónomamente desde el Centro Democrático, era absorbido por la figura del
expresidente. Rea, en el mito, logró salvar a su hijo Zeus; en la política
colombiana, varios líderes protegieron a Abelardo De La Espriella, aunque hoy
son perseguidos y criticados. La piedra que Cronos confundió con un hijo podría
simbolizar a Paloma Valencia, quien durante años ha sido parte de esa dinámica.
Más adelante, Zeus obligó a su padre a liberar a sus hermanos; en Colombia,
figuras como María Fernanda Cabal y Paola Holguín sobrevivieron a esa presión y
consolidaron su lugar en la política.
El mito es poderoso porque refleja el miedo al reemplazo y la
lucha generacional por el poder. Uribe, pese a haber dejado un país más seguro
al final de su mandato hace dieciséis años, no ha permitido que nuevas
generaciones crezcan sin su control. Su obsesión por el poder lo acerca,
paradójicamente, a las dinámicas que critica como el Petrismo. Paloma Valencia,
en declaraciones recientes, incluso afirmó que su partido no es de derecha.
Colombia merece una derecha joven y pensante, capaz de soñar
con un futuro promisorio. En esa línea, el doctor Enrique Gómez Martínez
representa una alternativa para que las juventudes retomen el rumbo. De lo
contrario, la derecha corre el riesgo de convertirse en un desierto político en
el siglo XXI, pues las nuevas generaciones, al no encontrar espacios, buscarán
otros caminos.
En cuanto a las
relaciones entre Álvaro Uribe Vélez y Abelardo De La Espriella, se mantienen
cordiales. La elección del presidente del Senado corresponde a la bancada y no
al Ejecutivo, es la democracia que queremos. Honorio Enríquez, con experiencia
en el Congreso, asume el cargo con la expectativa de que su gestión fortalezca
la institucionalidad.
El gobierno entrante, por su parte, concentra sus esfuerzos
en ofrecer soluciones en seguridad, salud, educación, energía, vivienda,
economía y lucha contra la corrupción. Su meta es mostrar resultados desde los
primeros meses y sentar las bases de una transformación que pueda consolidarse
en los próximos años.



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