REFLEXIONEMOS
Colombia: una
democracia secuestrada por la inmadurez política
A una semana de la primera vuelta presidencial,
Colombia vuelve a exhibir una de sus peores costumbres políticas: la incapacidad
de debatir ideas sin convertir al contradictor en enemigo. Lo que debería ser
una fiesta democrática termina, una vez más, convertido en un escenario de
insultos, ataques personales, odio y polarización.
Y lo más preocupante es que esto no es un hecho
aislado ni exclusivo de una campaña presidencial. Ocurre cada cuatro años con
alcaldías, gobernaciones, concejos, asambleas y Congreso. Parece haberse
convertido en una enfermedad crónica de nuestra cultura política. Lejos de
superarse con la experiencia de dirigentes veteranos, la inmadurez crece, se
multiplica y se normaliza.
Resulta vergonzoso que quienes aspiran a dirigir
los destinos del país sean incapaces de dar ejemplo de tolerancia, respeto y
altura en el debate. En lugar de presentar propuestas, abundan las
descalificaciones. En vez de confrontar argumentos, se ataca a las familias. En
lugar de construir consensos, se alimenta el resentimiento. Y mientras los
problemas reales de millones de colombianos siguen esperando soluciones, los candidatos
y sus seguidores convierten las redes sociales y las plazas públicas en
auténticos campos de batalla.
La democracia no consiste en destruir al que
piensa diferente. La democracia exige reconocer que el otro tiene derecho a
existir políticamente, aunque sus ideas nos parezcan equivocadas. Sin embargo,
en Colombia parece imponerse una peligrosa consigna: “Si no piensa como yo, es
mi enemigo”. Una frase absurda, pero cada vez más arraigada en todos los
sectores ideológicos.
Aquí no hay excepciones. Izquierda, centro,
derecha y movimientos alternativos tienen responsabilidades en esta degradación
del debate público. Todos, sin excepción, han contribuido en algún momento a la
polarización que hoy consume al país. Todos han utilizado el ataque personal
cuando les conviene. Todos han permitido que la agresión reemplace a la
argumentación.
Lo más grave es que esta conducta termina
legitimando la intolerancia en la sociedad. Cuando los líderes insultan, sus
seguidores insultan. Cuando los líderes estigmatizan, sus seguidores
estigmatizan. Cuando los líderes convierten al adversario en enemigo, el país
entero termina dividido entre bandos incapaces de escucharse.
Colombia necesita con urgencia una madurez
política que todavía parece lejana. Necesita dirigentes capaces de defender sus
ideas sin destruir la dignidad de quienes piensan distinto. Necesita campañas
basadas en propuestas y no en ataques. Necesita candidatos que entiendan que
gobernar implica unir y no profundizar las fracturas existentes.
A pocos días de una decisión trascendental para
el futuro nacional, el llamado es claro: menos odio y más argumentos; menos
agresiones y más propuestas; menos fanatismo y más reflexión. Porque una
democracia fuerte no se mide por la cantidad de insultos que producen sus
campañas, sino por la capacidad de sus ciudadanos y dirigentes para debatir con
respeto las diferencias.
De lo contrario, seguiremos asistiendo al triste
espectáculo de ver a quienes aspiran a gobernar la República comportándose como
niños incapaces de aceptar que en democracia nadie posee la verdad absoluta. Y
mientras ellos juegan a la confrontación permanente, Colombia continúa
perdiendo la oportunidad de construir el país serio, respetuoso y maduro que
tanto necesita.


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