Por GERARDO FERRO
ROJAS – Tomado de Facebook
Los
Uribe, los Santos, los Turbay, los López, los Lleras, los Vargas, los Vélez,
los Valencia, los Londoño, los Gaviria, los Duque, los Pastrana, los
Betancourt, los Samper, los Michelsen. Colombia y sus apellidos de Bien. Llevo
46 años escuchándolos, repitiéndose una y otra vez en combinaciones diferentes,
pero iguales.
Allí
están todos, reunidos alrededor de un ataúd. Repiten lo mismo una y otra vez:
Paz, Reconciliación, Justicia, Libertad, Empleo, Salud. Llevan años y años
repitiendo las mismas consignas, pero haciendo exactamente lo contrario. Afuera
de la Catedral, en la que sólo entran los apellidos más sonoros, están los
otros, los que mueren todos los días sin que sus apellidos sean dichos ni
honrados.
Ellos,
los de los apellidos de Bien, desprecian a los Petro, a los Garzón, a los
Fernández, a los Pérez, a los Sánchez, a los Gutiérrez, a los Gómez, a los
Nadie. Lo de ellos es hacer negocios con los Escobar, los Ochoa, los Orejuela,
los Gacha, los (Ñeñe) Hernández, pero siempre en silencio para que nadie se
entere, para poder mantener así la alta dignidad de sus apellidos de Bien, y
hablar, una y otra vez, de Lucha-Contra-El-Crimen-Organizado, de
Lucha-Contra-La-Corrupción, de Lucha-Contra-La-Pobreza, de
Lucha-Contra-La-Injusticia.
Ahí
adentro, en los mármoles de la Catedral, no afuera en el asfalto de los Nadie,
sino adentro, camuflando sus bajezas entre lágrimas, corbatas y joyas, están
los dignos apellidos que mataron al hoy mártir.
Así
son, así han sido, así serán. Se casan entre ellos de la misma manera como se
matan entre ellos, sin sonrojarse, con hipocresía, para preservar la grandeza
de sus apellidos. Y después se lavan las manos, y lloran, alzan los ojos al
cielo, y rezan dos padres nuestros y un Ave María por el alma de San Votico que
ya asciende más allá de los techos de la Catedral.







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