Por AMYLKAR ACOSTA MEDINA - Ex presidente del Congreso de la República, Ex ministro de minas - www.amylkaracosta.net
Las elecciones presidenciales constituyen la máxima expresión de la
soberanía popular en una democracia. Sin embargo, una vez concluye la contienda
electoral y se conoce el veredicto de las urnas, comienza una responsabilidad
aún mayor: la de gobernar para todos. Al fin y al cabo, como lo prescribe el
artículo 188 de la Constitución Política “el Presidente de la República simboliza
la unidad nacional y al jurar el cumplimiento de la Constitución y de las
leyes se obliga a garantizar los derechos y libertades de todos los
colombianos”. Y a eso se ha comprometido el Presidente electo Abelardo de
la Espriella en sus primeras declaraciones recién elegido y lo reiteró en su
discurso ante el Consejo Nacional electoral al momento de recibir de manos de
este la credencial como tal.
Fue enfático, además, al asegurar que “no habrá vencedores ni vencidos”,
al tiempo que sentenció que “en democracia no existen enemigos
irreconciliables”. Ello habla bien del tono y la tónica de quien asumirá el 7
de agosto su investidura como Presidente de la República, Jefe de Estado, Jefe
de gobierno y suprema autoridad administrativa, como lo manda la Constitución
Política, que es Norma de normas. Y no
es para menos, después de tan reñida justa electoral se impone la necesidad de
restañar las heridas y persuadirse de que, como lo afirmara el ex presidente de
los EE.UU John Fitzgerald Kennedy, “se puede ganar con la mitad, pero no se
puede gobernar con la mitad en contra”. Ya se había anticipado su predecesor
Abraham Lincoln a advertir que “una casa dividida no puede mantenerse en pie”.
Quien es elegido Presidente de la República deja de ser el candidato de
un partido, de una coalición o de un sector de la opinión pública para
convertirse en el Presidente de todos los colombianos, incluidos quienes no
votaron por él e incluso quienes se opusieron a su elección. Es más, como
advierte el gran jurisconsulto
austríaco Hans Kelsen hay que saber distinguir muy bien la legitimidad de
origen de la legitimidad del ejercicio del poder, la cual se refrenda
cotidianamente con los actos de gobierno.
La democracia no se agota en el acto de votar. Su verdadera fortaleza
reside en la capacidad de las instituciones para garantizar la convivencia
entre ciudadanos que piensan distinto. Por ello, más importante que la suerte
de los líderes individuales es la preservación y el fortalecimiento de las
instituciones. Como afirmó el gran pensador Karl Popper, “no necesitamos tantos
buenos hombres como buenas instituciones”. La historia ha demostrado que las
sociedades más prósperas y estables no son aquellas que dependen de figuras
providenciales, sino aquellas que cuentan con instituciones sólidas, legítimas
y respetadas.
Las instituciones democráticas cumplen una función esencial: impedir que
las diferencias políticas se conviertan en fracturas irreparables. Son el
espacio donde se tramitan los desacuerdos, se equilibran los poderes y se
protegen los derechos de las mayorías y de las minorías. Debilitarlas en nombre
de cualquier proyecto político, por noble que este parezca, equivale a
erosionar los cimientos mismos de la República. Después del fragor de la
batalla electoral y la crispación, en medio de una polarización extrema, como
lo aconseja el ex rector de la Universidad Nacional Moisés Wasserman, se
requiere “manejar los desacuerdos en forma productiva, para que en los próximos
años podamos vivir discutiendo lo importante y acordando lo posible”. Ello, en
el entendido de que, como lo afirmó el profesor Estanislao Zuleta, no hay
ausencia de conflictos, estos son inherentes a la dinámica social, pero acota que
“un país mejor no es el que no tenga conflictos sino aquel que tenga mejores
conflictos” y ello depende de cómo se gestionan estos por parte de los polos
opuestos.
Colombia necesita cerrar el ciclo de la confrontación permanente, para
pasar del antagonismo a la emulación. La polarización ha terminado por instalar
la idea equivocada de que el adversario político es un enemigo al que hay que
derrotar y excluir. Pero la democracia no consiste en aniquilar al
contradictor, sino en coexistir con él dentro de unas reglas compartidas. El
pluralismo no es una debilidad de la democracia; es precisamente una de sus
mayores fortalezas. Como lo dijo magistralmente el ex canciller chileno Gabriel
Valdés, “en el sistema democrático el que ganó no puede destruir al que perdió,
ni el que perdió puede hacer invivible la Nación tratando de destruir al que
ganó”. ¡Tal cual, se impone la mesura de parte y parte!
Las grandes transformaciones nacionales solo son posibles cuando existe
la capacidad de construir acuerdos básicos sobre aquello que nos une como
Nación. Como lo planteó el inmolado líder conservador Alvaro Gómez Hurtado, las
colectividades políticas y sus líderes, sin renunciar a sus principios ni a su
vocación de poder, deben tener la grandeza de llegar a un genuino Acuerdo sobre
lo fundamental. La prosperidad económica, la seguridad, la lucha contra la
pobreza, la calidad de la educación, la sostenibilidad ambiental y el
fortalecimiento de la justicia deben ser objetivos comunes que trasciendan los
calendarios electorales y las diferencias partidistas.
En momentos de alta tensión política, resulta oportuno recordar que las
naciones no progresan cuando cada elección divide a la sociedad en bandos
irreconciliables. Progresan cuando quienes ganan ejercen el poder con prudencia
y sentido de Estado, y cuando quienes pierden cumplen con responsabilidad su
papel de oposición democrática. La legitimidad del gobierno y la legitimidad de
la oposición son igualmente indispensables para la salud de la democracia.
El reto de Colombia no es simplemente elegir un Presidente; es
fortalecer una cultura política basada en el respeto a la institucionalidad, en
la aceptación de la diferencia y en la búsqueda permanente de consensos. Porque
al final, más importante que quién gobierna es que prevalezcan las
instituciones que garantizan la libertad, la estabilidad y la continuidad de la
República. Son ellas las que permiten que los gobiernos pasen, pero que la
democracia permanece.





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