martes, 9 de junio de 2026

CUANDO LA VERDAD INCOMODA, APARECEN LAS BALAS

 


El asesinato  del periodista Cristian Herrera el pasado fin de semana en Cúcuta, por manos oscuras y por decir la verdad, ha despertado temor en muchos periodistas y lideres de Cartagena, que constantemente son amedrentados y/o amenazados por el gobierno de Dumek Turbay y sus seguidores. Y no son simples amenazas, ya nos tildan de criminales, y como no han podido con las tutelas, ni tampoco contestan los derechos de petición, desatendiendo los fallos judiciales y desacatos, en cualquier momento podrían pasar a la segunda parte de este titular. LAS BALAS.

 

Ya han incurrido en la mordaza judicial, la tenaza económica, el vilipendio en redes sociales desde sus bodegas y falsos perfiles de seudoportales o periodistas comprados, la persecución económica de suprimir pautas de empresas de servicios, ¿porqué no pasar al siguiente paso? Ante el desespero por las publicaciones que develan corrupción al más alto nivel.

 

Para dejar bien clara nuestra posición con el gobierno de Dumek Turbay, les dejamos la siguiente nota editorial escrita por el periodista Jota Jota Verbel:

 

 

La muerte del periodista Cristian Herrera en Cúcuta no puede ser reducida a una estadística más de la violencia colombiana. No es solamente un crimen. Es un atentado directo contra la libertad de prensa, contra el derecho de los ciudadanos a estar informados y contra uno de los pilares fundamentales de cualquier democracia.

Cuando asesinan a un periodista, no solo intentan apagar una voz. Intentan enterrar preguntas incómodas, ocultar verdades incómodas y garantizar que el miedo haga el trabajo que las balas comenzaron.

 

En Colombia siguen matando periodistas y siguen matándolos por la misma razón por la que han sido asesinados durante décadas: porque hay sectores del poder legal e ilegal que no toleran el escrutinio público. Porque hay quienes prefieren la oscuridad a la transparencia. Porque para ciertos grupos, una investigación periodística puede resultar más peligrosa que una operación militar.

 

El periodismo que no incomoda a nadie termina convertido en relaciones públicas. El verdadero periodismo es aquel que cuestiona, verifica, confronta y revela aquello que algunos quisieran mantener oculto. Es el periodismo que investiga contratos, denuncia corrupción, expone alianzas criminales y pone el foco donde otros prefieren mirar hacia otro lado.

 

Por eso resulta profundamente preocupante que Colombia esté regresando a escenarios que creíamos superados. El asesinato de Cristian Herrera ocurre apenas semanas después del homicidio del periodista Mateo Pérez en Antioquia. Las cifras de agresiones contra comunicadores siguen creciendo. Las amenazas se multiplican. La estigmatización se normaliza. Y la autocensura comienza a convertirse nuevamente en un mecanismo de supervivencia. El mensaje que intentan enviar los violentos es claro: «No investiguen. No pregunten. No denuncien». Pero precisamente ahí es donde el periodismo debe resistir.

 

Una sociedad que acepta el silencio de sus periodistas termina aceptando también la impunidad de los corruptos, el poder de los criminales y la manipulación de la verdad. Sin prensa libre, la democracia pierde uno de sus principales sistemas de vigilancia. Sin periodistas incómodos, los ciudadanos quedan a merced de las versiones oficiales, de la propaganda y del miedo.

 

Lo más grave es que muchas veces el riesgo para los periodistas no proviene únicamente de las organizaciones criminales. También surge de la estigmatización permanente, de los discursos que señalan a la prensa como enemiga, de los ataques desde sectores políticos que buscan desacreditar cualquier investigación incómoda y de una creciente intolerancia hacia la crítica.

Las palabras importan. Los señalamientos importan. La estigmatización importa. La historia demuestra que cuando se normaliza el discurso contra la prensa, la violencia encuentra terreno fértil para actuar.

 

Por eso hoy no basta con exigir la captura de los responsables materiales del asesinato de Cristian Herrera. Es necesario identificar a quienes ordenaron el crimen, establecer sus móviles y enviar un mensaje inequívoco de que en Colombia no se puede asesinar a un periodista para silenciar una investigación.

 

La impunidad, en estos casos, no solo mata dos veces a la víctima. También envía una señal devastadora a quienes continúan ejerciendo el oficio en las regiones más peligrosas del país.

Cristian Herrera fue asesinado frente a su familia. Pero el impacto de su muerte trasciende el dolor de sus seres queridos. Su asesinato golpea a toda la sociedad colombiana porque cada periodista silenciado representa una verdad que intentaron ocultar. Hoy corresponde honrar su memoria de la única manera que realmente incomoda a quienes ordenaron apretar el gatillo: defendiendo el periodismo libre, independiente y crítico.

 

Porque las democracias fuertes necesitan periodistas incómodos y porque cuando matan a un periodista, la víctima no es solamente quien cae bajo las balas. La victima también es la verdad.

 










 


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