El asesinato del
periodista Cristian Herrera el pasado fin de semana en Cúcuta, por manos
oscuras y por decir la verdad, ha despertado temor en muchos periodistas y
lideres de Cartagena, que constantemente son amedrentados y/o amenazados por el
gobierno de Dumek Turbay y sus seguidores. Y no son simples amenazas, ya nos tildan
de criminales, y como no han podido con las tutelas, ni tampoco contestan los
derechos de petición, desatendiendo los fallos judiciales y desacatos, en
cualquier momento podrían pasar a la segunda parte de este titular. LAS
BALAS.
Ya han incurrido en la mordaza judicial, la tenaza económica, el
vilipendio en redes sociales desde sus bodegas y falsos perfiles de
seudoportales o periodistas comprados, la persecución económica de suprimir
pautas de empresas de servicios, ¿porqué no pasar al siguiente paso?
Ante el desespero por las publicaciones que develan corrupción al más alto
nivel.
Para dejar bien clara nuestra posición con el gobierno de Dumek
Turbay, les dejamos la siguiente nota editorial escrita por el periodista Jota
Jota Verbel:
La muerte del
periodista Cristian
Herrera en Cúcuta no puede ser reducida a una estadística
más de la violencia colombiana. No es solamente un crimen. Es un atentado
directo contra la libertad
de prensa, contra el derecho de los ciudadanos a estar informados
y contra uno de los pilares fundamentales de cualquier democracia.
Cuando asesinan a un
periodista, no solo intentan apagar una voz. Intentan enterrar preguntas
incómodas, ocultar verdades incómodas y garantizar que el miedo haga el trabajo
que las balas comenzaron.
En Colombia siguen matando
periodistas y siguen matándolos por la misma razón por la que han sido
asesinados durante décadas: porque hay sectores del poder legal e
ilegal que no toleran el escrutinio público. Porque hay quienes prefieren la
oscuridad a la transparencia. Porque para ciertos grupos, una investigación
periodística puede resultar más peligrosa que una operación militar.
El periodismo que no incomoda a
nadie termina convertido en relaciones públicas. El verdadero
periodismo es aquel que cuestiona, verifica, confronta y revela aquello que
algunos quisieran mantener oculto. Es el periodismo que investiga contratos,
denuncia corrupción, expone alianzas criminales y pone el foco donde otros
prefieren mirar hacia otro lado.
Por eso resulta
profundamente preocupante que Colombia esté regresando a escenarios que
creíamos superados. El asesinato de Cristian
Herrera ocurre apenas semanas después del homicidio del
periodista Mateo
Pérez en Antioquia. Las cifras de agresiones contra comunicadores
siguen creciendo. Las amenazas se multiplican. La estigmatización se normaliza.
Y la autocensura comienza a convertirse nuevamente en un mecanismo de
supervivencia. El mensaje que intentan enviar los violentos es claro: «No
investiguen. No pregunten. No denuncien». Pero precisamente ahí es donde el
periodismo debe resistir.
Una sociedad que acepta
el silencio de sus periodistas termina aceptando también la impunidad de los
corruptos, el poder de los criminales y la manipulación de la verdad. Sin
prensa libre, la democracia pierde uno de sus principales sistemas de
vigilancia. Sin
periodistas incómodos, los ciudadanos quedan a merced de las versiones
oficiales, de la propaganda y del miedo.
Lo más grave es que muchas veces el riesgo
para los periodistas no proviene únicamente de las organizaciones criminales.
También surge de la estigmatización permanente, de los discursos que señalan a
la prensa como enemiga, de los ataques desde sectores políticos que buscan
desacreditar cualquier investigación incómoda y de una creciente intolerancia
hacia la crítica.
Las palabras importan. Los
señalamientos importan. La estigmatización importa. La historia demuestra que
cuando se normaliza el discurso contra la prensa, la violencia encuentra
terreno fértil para actuar.
Por eso hoy no basta con
exigir la captura de los responsables materiales del asesinato de Cristian Herrera. Es
necesario identificar a quienes ordenaron el crimen, establecer sus móviles y
enviar un mensaje inequívoco de que en Colombia no se puede asesinar a un
periodista para silenciar una investigación.
La impunidad, en
estos casos, no solo mata dos veces a la víctima. También envía una señal
devastadora a quienes continúan ejerciendo el oficio en las regiones más
peligrosas del país.
Cristian
Herrera fue asesinado frente a su familia. Pero el
impacto de su muerte trasciende el dolor de sus seres queridos. Su asesinato
golpea a toda la sociedad colombiana porque cada periodista silenciado
representa una verdad que intentaron ocultar. Hoy corresponde honrar su memoria
de la única manera que realmente incomoda a quienes ordenaron apretar el
gatillo: defendiendo el periodismo libre, independiente y crítico.
Porque las
democracias fuertes necesitan periodistas incómodos y porque cuando matan
a un periodista, la víctima no es solamente quien cae bajo las balas. La
victima también es la verdad.



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