Por AMYLKAR ACOSTA MEDINA - www.amylkaracosta.net
La crisis fiscal que enfrenta el gobierno del presidente Gustavo Petro
dejó de ser una advertencia de los analistas para convertirse en una realidad
inocultable. El creciente déficit fiscal, que crece a un ritmo endiablado de
$50 billones anualmente, el aumento sostenido del endeudamiento público, la
caída de los ingresos tributarios y el desbordamiento del gasto, han puesto en
evidencia la fragilidad de las finanzas del Estado colombiano.
El Gobierno apostó a una ambiciosa expansión del gasto público
sustentada en la premisa de que la reforma tributaria garantizaría recursos
suficientes para financiar sus programas sociales y sus promesas de
transformación económica. Sin embargo, después de la reforma tributaria de 2022
(Ley 2277 de 2022), cuyo mayor recaudo se esfumó, los intentos de otras se le
frustró al gobierno y el menor crecimiento económico, la desaceleración de
sectores estratégicos y la reducción de la inversión privada terminaron
afectando el recaudo fiscal, generando un preocupante desbalance entre ingresos
y gastos.
A ello se suma el debilitamiento deliberado de sectores que
históricamente han contribuido de manera significativa a las finanzas
nacionales, como el minero-energético. La incertidumbre regulatoria, los
mensajes contradictorios frente a la exploración de hidrocarburos y las
restricciones a nuevos proyectos han impactado la confianza inversionista y
reducido las expectativas de ingresos futuros provenientes del petróleo y el
gas, pilares fundamentales de las exportaciones y de los recursos fiscales del
país.
La situación se agrava por el incremento del servicio de la deuda
pública. Hoy una proporción cada vez mayor del presupuesto nacional debe
destinarse al pago de intereses y amortizaciones, limitando el margen de
maniobra del Estado para invertir en infraestructura, salud, educación y seguridad.
En otras palabras, el Gobierno dispone de menos recursos para atender las
necesidades sociales porque una parte creciente del presupuesto está
comprometida con la deuda.
El Gobierno central acusa un déficit primario (excluyendo intereses de
la deuda) de 3.6%, según la CEPAL el más alto de Latinoamérica. El déficit
fiscal cerró el año anterior en 6.4%. El
abultado déficit y el creciente endeudamiento afectan la sostenibilidad fiscal,
lo cual le ha valido a la Nación la rebaja de la calificación de la deuda
soberana, así como el mayor costo de su deuda y de su endeudamiento, al punto
que la mayor prima de riesgo le ha significado pagar tasas de colocación de su
deuda que como la más reciente escaló hasta el 14.46%!
De ello se sigue una mayor erogación para cubrir el servicio de la
deuda. Como botón de muestra tenemos la apropiación de $46 billones más en
dicho rubro en el PGN para el 2027, partida esta que explica por sí sola el
incremento del aforo presupuestal para el año entrante, constituyéndose en la
mayor de todas después de la educación, restándole de paso espacio para la
inversión, que siempre es la sacrificada. Esta partida es la verdadera
inflexibilidad del gasto público de que tanto se queja el gobierno para
justificar sus fallidos intentos de pasar una nueva reforma tributaria por el
Congreso de la República.
Otro elemento preocupante es la pérdida de credibilidad frente a los
mercados y las agencias calificadoras. La incertidumbre sobre el cumplimiento
de la regla fiscal y la sostenibilidad de las cuentas públicas se ha traducido
en mayores costos de financiamiento para el país, afectando tanto al Estado
como al sector privado.
En mi modesto concepto, el hecho de que la exhausta caja de la Nación
cayera un 45.7%, desde los $13.8 billones en abril de 2025 a los $7.5 billones,
es solo la punta del iceberg. En
efecto, estamos en presencia de un déficit estructural de las finanzas del
gobierno central, el cual refleja el descalce entre los ingresos del orden del
16.3% del PIB y el gasto, que alcanza el 22.7%. ¡Estamos en presencia de un
verdadero desbarajuste fiscal!
Este stress y la incontinencia del gasto, advertida por el Comité
autónomo de la Regla fiscal (CARF), que llevó al gobierno a pausar el
cumplimiento de la Regla fiscal, apelando a la válvula de escape, ha llevado al
gobierno a endeudarse exageradamente. Basta decir que la deuda bruta
del Gobierno Nacional Central (GNC) de Colombia alcanzó la cifra histórica de $
1.238 billones, lo que representa un incremento cercano al 20% en un solo año y
un aumento de más de $433 billones desde agosto de 202!
El ajuste fiscal requerido será
una ímproba tarea, puesto que implica adoptar decisiones difíciles pero
necesarias: racionalizar el gasto, priorizar la inversión productiva, controlar
el crecimiento del endeudamiento y fortalecer las fuentes permanentes de
ingresos. No se trata únicamente de reducir el déficit en el corto plazo, sino
de enviar señales claras de disciplina y responsabilidad fiscal.
Cabe advertir el hecho de que el elevado déficit fiscal se ha venido a
sumar al creciente déficit de la Cuenta corriente de la Balanza de pagos. El
déficit de la Balanza comercial pasó de US $10.807 millones en 2024 a los US
$16.377 millones, para un incremento del 51,5%. Los denominados déficits
gemelos (déficit fiscal + déficit en cuenta corriente de la Balanza de pagos) alcanzaron
el -8.8%, siendo este el mayor en la última década!
En momentos de incertidumbre
internacional, volatilidad de los precios del petróleo y desaceleración
económica, mantener unas finanzas públicas sanas es fundamental para proteger
la estabilidad económica y social del país. La sostenibilidad fiscal no es un
asunto ideológico; es una condición indispensable para garantizar la viabilidad
de las políticas públicas y la capacidad del Estado para atender las
necesidades de la población.





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