Por:
HUMBERTO MERCADO MEZA – Abogado
Penalista y Magister en Ciencias Politicas
Decía
Michel Foucault en la teoría del poder, que el poder “es una estrategia
que se ejerce y no se posee, y que no está centralizado en el Estado. En
nuestra constitución y en el Estado Social y Democrático de Derecho, la fuente
del poder reside en la ciudadanía.
Sin
embargo, la realidad muchas veces es contraria a ese precepto constitucional en
el que el poder se ejerce de forma encubierta sin que la ciudadanía sea
consciente de ello. Es decir, se ejercería una dictadura disfrazada de
una falsa democracia.
Dicho
esto, la crisis ministerial en Colombia se ha desarrollado en un contexto de
tensiones políticas y sociales. Los cambios en el gabinete ministerial suelen
estar influenciados por la necesidad de responder a las demandas de diferentes
sectores de la sociedad y a las presiones políticas internas.
El
liderazgo errático y desenfocado de Gustavo Petro, un presidente
que desde el discurso lograba inspirar, mover masas con disertaciones
elocuentes y posicionar temas en la agenda como congresista o como candidato.
Ahora no parece tener las habilidades gerenciales ni el liderazgo para empujar
sus propuestas y coordinar su gobierno.
Lejos
de señalar el camino y definir estrategias, este presidente al parecer se
encuentra desconectado del país y de sus necesidades urgentes, pero
especialmente de su propio gobierno. No forma la agenda, sino que la
desorganiza. No hace seguimiento de su gabinete ni de sus labores, sino que los
confunde.
Sus
intervenciones hacen pensar que le interesa más mirar hacia afuera que hacia
adentro del país. Su discurso, antes que unir, sumar fuerzas y construir
liderazgo colectivo, divide, levanta ampollas y arma peleas innecesarias. Al
defenderse, cae en estrategias populistas que, si bien son consistentes con la
forma como fue elegido, reducen su capacidad de liderazgo y lo alejan más del
resto del país.
En
el último y fallido consejo de ministros, su defensa fue tachar de sectaristas
a quienes le manifestaron desacuerdo, descalificando a cada uno de sus viejos
compañeros en cada intervención que hacían y es que nombrar como jefe de
gabinete a Rasputin Benedetti fue la copa que rebosó la copa.
Se
invirtieron los papeles, ahora es Rasputin Benedetti quien maneja la agenda de
Petro y quien decide cuando, como y donde se habla con el presidente, que más
poder que ese?.
No
olvidemos que Rasputín, fue quien generó todo ese escándalo cuando Laura
Sarabia ocupaba ese cargo y no lo dejaba hablar con Petro, incluso todavía
calan en la memoria de muchos colombianos las palabras: “«No te estoy
amenazando, pero ahora sí te amenazo, hijueputa, a ti y al presidente, ¿oíste?
No te estoy amenazando, pero si tú quieres que te amenace, yo salgo y cuento
todo lo que sé. Que sé bastante para acabar con el mundo, ¿oíste? Con el de
ustedes y con el mío»”.
¿Que
será todo lo que sabe este Fouché reencarnado o genio tenebroso como le decían,
que tiene al presidente enfrentado a sus más altos colaboradores del gobierno?.
Es
claro que esta crisis ministerial pueden afectar la estabilidad del gobierno,
generando incertidumbre y desconfianza entre la población, retrasando o
modificando la implementación de políticas públicas, afectando la
gobernabilidad y la eficiencia administrativa generando con ello incertidumbre
e inestabilidad política entre los inversionistas, lo que puede llevar a
una disminución de la inversión extranjera y nacional. La falta de confianza en
el gobierno afecta la toma de decisiones económicas.
Ahora,
todos renunciaron, algunos de forma protocolaria, otros de forma irrevocable,
pero renuncia es renuncia y esta clase de hechos pueden retrasar la
implementación de políticas económicas y reformas necesarias afectando la
eficiencia administrativa y la capacidad del gobierno para responder a las
necesidades económicas del país.
En
resumen, la crisis ministerial puede tener un impacto significativo en la
economía colombiana, afectando la inversión, el empleo, la confianza del
consumidor y la implementación de políticas públicas.
A
diferencia de las crisis habituales de relevo de cargos, Petro comparte el
gobierno con Rasputín Benedetti ya que él sí sabe para qué es el poder y como
usarlo ya que, como un falso camaleón ha vivido lo oscuro y lo claro del poder
en el período del presidente Uribe, y no tuvo vergüenza, por que no la
conoce, para aliarse y pasarse al bando de Santos cuando este no cuidó
los huevitos de oro de Uribe.
Tratando
de entender la naturaleza Petro, al abstraerse de la relación directa
con todos sus ministros y directores y entregar dicha relación a Rasputín, se
eleva en la niebla cortesana cachaca, sin conectar en la práctica con el que
tiene más cerca, porque no gobierna con el corazón, gobierna con la
incongruencia de sus acciones por que que no existe lógica entre el pensar y el
hacer, piensa una cosa y se hace otra, incluso, contraria.
Él
tiene un inmenso ego que le impide ver lo más cercano y los días venideros ante
su ausencia y abstracción por que se fue de viaje en plena crisis, quién
gobernará será el «Rasputín».

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